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Breve historia del sistema político

El sistema político mexicano fue fundado por el general Calles, corporativizado por el general Cárdenas, desmilitarizado por el general Avila Camacho y vuelto una moderna empresa política por el presidente Miguel Alemán. Éste dejó a cargo al contador Ruiz Cortines, que cedió el paso al director de relaciones públicas López Mateos, quien a su vez encargó el puesto al abogado penal Gustavo Díaz Ordaz.

Por más de tres décadas la empresa funcionó de maravilla. Era un mecanismo casi genial -hay que reconocerlo- pero fue víctima de su propio éxito. Como una incubadora, era viable por un tiempo, pero no todo el tiempo. Estaba diseñado para una población mucho menor (México en 1950 tenía 25 millones de habitantes, hoy tiene más de 90). Era un experimento de economía protegida, sociedad tutelada y política cerrada, insostenible en un mundo que se abría a la competencia y la comunicación global. La propaganda decía que el sistema tenía lo mejor de los dos mundos: una economía de mercado como en el Primer Mundo (con limitaciones, pero activa y funcional), un Estado benefactor como en el mundo socialista (sin campos de trabajo, policía secreta ni ideología de Estado). La realidad, a la larga, probó lo contrario: el sistema tenía las desventajas económicas del sistema socialista (pesada e ineficiente burocracia, corrupción, falta de innovación) sin las ventajas políticas del Occidente democrático.

La matanza de cientos de estudiantes en 1968 por parte del "abogado penal" fue la primera señal de alarma. El sistema no toleraba la disidencia. Comenzaba a quedar claro que el poder, los recursos y las decisiones debían distribuirse de acuerdo con reglas republicanas, federalistas y democráticas. Era el momento de desmontar paulatinamente el edificio corporativo, desproteger la economía y transformar la subordinación general en libre competencia.

Por desgracia, entre 1970 y 1982, dos presidentes populistas -Echeverría y López Portillo- desatendieron las finanzas de la empresa y prefirieron reforzar el sistema en vez de reformarlo. El sector público pasó de 600 mil a 4 millones de empleados. El Estado nacionalizó o creó más de mil empresas y financió toda esta expansión masiva con créditos externos. La riqueza petrolera se perdió en proyectos faraónicos o en los albañales de la corrupción. El sistema entró en quiebra económica. México pagaba el costo de poner su vida en manos de un solo hombre. Ningún sistema de partido único, sin diques de contención, está inmune a la falla de sus dirigentes.

De la Madrid actuó como el síndico de la quiebra: ganó tiempo y paz, perdió oportunidades de cambio. A los seis años, cedió el poder a un joven reformista, Carlos Salinas de Gortari, quien equilibró las finanzas públicas, privatizó las empresas estatales, decretó la apertura comercial y firmó el TLC. El mundo entero y un sector importante de mexicanos lo aplaudió como el hombre providencial. Pero los buenos números -a veces maquillados- ocultaban un drama político: Salinas pretendía construir una economía moderna, reforzando los métodos políticos más arcaicos. Se sintió un nuevo Porfirio Díaz y acarició la ambición del poder absoluto: preparar su reelección para el año 2000. Por eso eligió como sucesor a su hijo político y por eso consintió el enriquecimiento de su hermano. Quiso lo que nadie: quedarse con la empresa. Pero los "accionistas" -miembros de la "familia revolucionaria"- lo impidieron.

En enero de 1994, el sistema se resquebrajó por fuera y por dentro. La guerrilla "zapatista" en Chiapas -con toda la teatralidad que mostró desde un principio- puso de manifiesto la falta de legitimidad democrática. El asesinato de Colosio -aunque nunca se conozca a los autores intelectuales- se planeó, con toda probabilidad, en las entrañas del sistema. A partir de entonces, México entró en una profunda crisis, tal vez la más grave en este siglo después de la revolución. Pero es importante examinarla de cerca para no brincar a las conclusiones equivocadas. México no vive el Apocalipsis, sino una compleja transición de la que, con toda probabilidad, saldrá bien librado.

El paralelo con la órbita soviética es ilustrativo. En México no ha habido un derrumbe, sino un resquebrajamiento paulatino del edificio político. Algunos llegaron a temer un desenlace parecido al de Bosnia o Chechenia: estallidos de violencia racial, religiosa, regional. No ha ocurrido ni es probable que ocurra, gracias al legado histórico de tolerancia que nos protege. Los brotes guerrilleros no están diseñados para ganar batallas reales sino titulares de los diarios: son un anacronismo y no cuentan con el apoyo en la población.

Pero tampoco hemos logrado una transición de terciopelo, como la checa o la española. Nuestra desorientación es similar a la de Rusia: con un ventaja y una desventaja. La ventaja: en México no debemos reinventar la economía de mercado, porque hasta en los más pequeños pueblos la hemos practicado durante siglos. La desventaja: en Rusia las elecciones han sido limpias y no existe ya un partido de Estado. En México, el partido de Estado se resiste a morir sin que aparezca un De Klert que, como en Sudáfrica, entienda y encauce el cambio.

Y sin embargo, el gobierno ha dado pasos políticos impensables en tiempos de Salinas y, lo que es decisivo, la sociedad civil ha tomado la reforma política en sus manos. Los partidos de oposición son fuertes y gobiernan en muchos estados y municipios; la prensa es libre, lo mismo que la radio y, paulatinamente, la televisión; la Iglesia actúa con plena independencia; los intelectuales son más críticos; los empresarios han madurado y dejado de pensar como concesionarios. El Ejército sigue siendo apolítico y no hay verdadero peligro de que intente tomar el poder. La división de poderes comienza a ser efectiva y las elecciones ya no están en manos del gobierno sino de un instituto independiente.

Se trata de una gran reforma silenciosa de la que la prensa internacional no se ocupa porque sigue obsesionada con los grandes titulares: corrupción, drogas, crisis monetarias, terremotos. Pero gracias a esa reforma las esperanzas están puestas en las elecciones de 1997. En ellas los mexicanos renovaremos la Cámara de Diputados y -además de varias gubernaturas importantes- elegiremos por primera vez al jefe de la ciudad de México. Entre 1997 y el año 2000 México puede disolver la empresa -el viejo sistema- y transitar, definitiva y pacíficamente, a la democracia.

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